Hay una idea muy extendida entre quienes empiezan a estudiar música: que la partitura es una secuencia de notas y que los silencios son simplemente los huecos entre ellas, los momentos en que no pasa nada. Esta idea es radicalmente falsa.
El silencio es una instrucción activa. Cuando un compositor escribe un silencio, no está diciendo «aquí no hay nada»: está diciendo «aquí no suenes». Es una decisión deliberada sobre el tiempo, con la misma importancia que la decisión de qué nota tocar. Un silencio mal ejecutado —demasiado corto, demasiado largo, o simplemente ignorado— altera la música tanto como una nota equivocada.
En la guitarra, esta idea tiene consecuencias técnicas inmediatas. Las cuerdas de guitarra resuenan por inercia: cuando dejas de atacar, el sonido no desaparece solo. Para ejecutar un silencio real necesitas apagarlo activamente —con la mano derecha, con la izquierda, o con ambas—. El silencio, en la guitarra, es siempre un gesto.
Cada figura rítmica tiene su silencio equivalente. La correspondencia es perfecta: mismo valor de duración, diferente símbolo visual. El silencio de redonda dura cuatro tiempos y se representa como un rectángulo negro colgado de la cuarta línea del pentagrama. El silencio de blanca dura dos tiempos y se representa como un rectángulo negro apoyado sobre la tercera línea —se distingue del de redonda porque uno cuelga y el otro apoya—.
El silencio de negra dura un tiempo y tiene forma de zigzag o de una pequeña curva hacia la derecha —es el más peculiar visualmente de todos—. El silencio de corchea dura medio tiempo y se parece a una pequeña bandera o a una coma inclinada. A partir de aquí, los silencios de semicorchea, fusa y semifusa añaden banderas adicionales, igual que sus figuras correspondientes.
Memorizar los símbolos lleva tiempo, pero la lógica es la misma que con las figuras: cada silencio vale la mitad del anterior, y las proporciones se mantienen siempre.
Existe una convención especial que vale la pena conocer: cuando un compás entero está en silencio, independientemente de cuántos tiempos tenga, se usa el símbolo del silencio de redonda. Esto simplifica la lectura en compases complejos y es una práctica universal en la notación occidental.
En la guitarra, un compás completo de silencio puede aparecer en obras con dos partes —una voz melódica y un acompañamiento— cuando una de las voces descansa mientras la otra continúa. Es también habitual en música de cámara y en arreglos para guitarra de obras orquestales.
Apagar una cuerda de guitarra no es solo dejar de atacar. Dependiendo de qué cuerda o cuerdas hay que silenciar, y de qué voz dentro de una textura polifónica, la técnica varía.
La mano derecha puede apagar todas las cuerdas simultáneamente apoyando la palma o los dedos sobre ellas inmediatamente después del ataque —técnica común en el strumming rítmico—. La mano izquierda puede apagar cuerdas individuales levantando ligeramente el dedo que pisa sin separarlo del todo del mástil, lo que produce un silencio limpio sin chasquido. En la guitarra clásica, el apagado con el dedo índice de la mano derecha —el llamado apagado con i— es una técnica estándar para silencios precisos en líneas melódicas.
La precisión en los silencios es una de las marcas más claras del nivel técnico de un guitarrista. Un músico avanzado no solo toca las notas correctas en el momento correcto: también las apaga en el momento exacto en que deben terminar.
Más allá de la técnica, el silencio tiene una dimensión expresiva que no tiene equivalente en ninguna otra instrucción musical. Un silencio bien colocado puede crear tensión, sorpresa, respiración, drama. Miles Davis lo sabía mejor que nadie: su uso del espacio —de lo que no toca— es tan característico de su estilo como las notas que sí toca.
En la guitarra flamenca, el silencio es un elemento estructural del compás: los golpes de picado y los rasgueos no solo definen lo que suena, sino los huecos que los rodean. En el blues, el silencio entre frases crea el espacio donde la emoción respira. En la música clásica, el silencio final de una obra —el instante antes de que el público aplauda— es parte de la obra misma.
Aprender a escuchar y ejecutar los silencios con la misma atención que las notas es uno de los saltos cualitativos más importantes en el desarrollo de cualquier músico.
Hasta ahora hemos visto cómo se representa la duración —de las notas y de los silencios—. Pero hay modificadores que alteran esa duración sin cambiar la figura: el puntillo, que añade la mitad del valor, y la ligadura, que une dos notas de la misma altura. Son herramientas de precisión que permiten escribir casi cualquier duración posible. En el siguiente post las exploramos.
El silencio es tan parte de la música como el sonido. Aprender a no tocar es tan difícil como aprender a tocar. — Miles Davis
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