Hay un error frecuente en la manera en que se cuenta la historia de la música del siglo XIX: presentarla como si el debate entre Wagner y Brahms fuera el único eje relevante, como si la música importante ocurriera exclusivamente en el mundo germánico. Mientras ese debate sacudía Viena y Leipzig, al otro lado de los Alpes ocurría algo completamente diferente: la ópera italiana alcanzaba su momento de mayor esplendor y se convertía en el fenómeno cultural de masas más importante de la época.
En Italia, la ópera no era un asunto de élites ilustradas ni de debates filosóficos. Era el equivalente del fútbol de hoy: una pasión popular, democrática, ruidosa. Los teatros de ópera estaban en cada ciudad mediana del país. El público conocía de memoria las arias más famosas y no dudaba en interrumpir una función para pedir que se repitiera un pasaje que le había gustado —o en abuchear sin piedad si el tenor desafinaba. Los cantantes eran celebridades de primera magnitud. Y por encima de todos, dos compositores definieron lo que la ópera italiana podía ser: Giuseppe Verdi en la segunda mitad del siglo, y Giacomo Puccini en el tránsito hacia el siglo XX.
Giuseppe Verdi nació en 1813 —el mismo año que Wagner, dato que la historia no puede dejar de señalar— en una aldea de la Emilia-Romaña, en el norte de Italia, y murió en Milán en 1901, habiendo vivido suficiente para ver no solo el nacimiento del siglo XX sino la unificación de Italia, causa a la que su música estuvo íntimamente ligada. Su nombre llegó a ser un acrónimo político: los italianos que querían la unificación bajo la casa de Saboya escribían "Viva V.E.R.D.I." en los muros de las ciudades —las iniciales de Vittorio Emanuele Re D'Italia.
Pero reducir a Verdi al símbolo político sería tan injusto como reducir a Wagner al antisemita. Lo que Verdi hizo con la ópera fue llevarla hacia una verdad humana que el género había frecuentemente evitado en favor del espectáculo. Sus óperas no son vehículos para el virtuosismo vocal —aunque exigen voces extraordinarias— sino dramas sobre seres humanos en situaciones de máxima tensión: el poder y la traición en Macbeth, el amor imposible y la marginación social en La traviata, la venganza y sus consecuencias en Rigoletto, la tiranía y la resistencia en Don Carlo.
La traviata (1853) merece una mención especial porque su estreno fue un fracaso estrepitoso —el público se rió de la protagonista moribunda porque la soprano que la interpretaba era visiblemente obesa— y se convirtió pocos años después en una de las óperas más amadas de la historia. Su tema —una cortesana parisina que se enamora genuinamente y paga ese amor con la muerte— era escandaloso para la época. Verdi insistió en situarla en el presente, no en el pasado histórico, para que nadie pudiera mirar hacia otro lado: esto no es una leyenda, esto ocurre ahora, entre personas como nosotros.
En sus últimas obras, Verdi alcanzó una cumbre que pocos habrían predicho para un hombre que ya superaba los setenta años. Otello (1887) y Falstaff (1893) —ambas sobre textos de Shakespeare adaptados por el libretista Arrigo Boito— son las obras de un compositor que ha asimilado décadas de experiencia y las ha destilado en algo de una complejidad y una libertad formales sin precedente en su obra anterior. Falstaff en particular, una comedia que Verdi compuso a los setenta y nueve años, es una de las grandes sorpresas de la historia de la ópera: ligera, irónica, construida con una agilidad musical que parece burlarse de la propia grandiosidad del género.
Si Verdi era el dramaturgo, Puccini era el maestro de la emoción directa. Giacomo Puccini nació en Lucca en 1858 y murió en Bruselas en 1924, dejando incompleta su última ópera, Turandot, que otro compositor terminaría a partir de sus bocetos. En el espacio entre esas dos fechas construyó un repertorio que sigue siendo el núcleo del canon operístico mundial: La bohème, Tosca, Madama Butterfly, Manon Lescaut, La fanciulla del West.
Puccini entendió algo que pocos compositores de su época comprendían con igual claridad: que el teatro musical funciona cuando el espectador siente antes de pensar. Sus óperas están construidas con una precisión casi cinematográfica en el manejo del tiempo emocional: sabe exactamente cuándo hacer que una melodía alcance su punto de máxima intensidad, cuándo interrumpir con un silencio, cuándo dejar que la orquesta diga lo que la voz no puede decir. Sus arias más famosas —"Che gelida manina" de La bohème, "Vissi d'arte" de Tosca, "Un bel dì vedremo" de Madama Butterfly— no son ornamentos: son momentos en que el drama se detiene para que un personaje desnude su alma completamente.
Se le ha criticado por manipulador, por hacer llorar al público con demasiada facilidad, por preferir el efecto a la profundidad. La crítica tiene una parte de razón pero ignora algo fundamental: hacer llorar a mil personas simultáneamente con precisión y consistencia es una habilidad artística de primer orden, y Puccini la tenía como nadie. Sus contemporáneos más sofisticados podían despreciarlo; el público de todo el mundo seguía —y sigue— llenando los teatros cuando se anuncia una de sus óperas.
Entre Verdi y Puccini, y simultáneamente a ambos, floreció en Italia un movimiento que llevó la tendencia al drama humano concreto a su extremo más radical: el verismo. Los veristas —entre los que destacan Pietro Mascagni con Cavalleria rusticana y Ruggero Leoncavallo con Pagliacci— llevaron a la ópera los ambientes más crudos de la vida cotidiana: campesinos sicilianos, actores de circo, pasiones primarias sin refinamiento aristocrático. Sus óperas son breves, intensas, sin espacio para la contemplación: la violencia y la muerte llegan rápido y sin preparación filosófica.
El verismo fue un movimiento menor en términos de su legado a largo plazo, pero capturó algo real sobre la vida operística italiana: su convicción de que la emoción bruta, sin mediaciones culturales, era el corazón del género. Esa convicción es la misma que hoy impulsa a millones de personas a seguir acudiendo a las óperas de Verdi y Puccini aunque no entiendan el italiano.
La ópera italiana del siglo XIX dejó una herencia que va mucho más allá de su repertorio. Demostró que la música podía ser al mismo tiempo profundamente popular y artísticamente ambiciosa, que no había contradicción entre llenar un teatro y decir algo verdadero sobre la condición humana. Demostró también que la voz humana, cuando está al servicio de un drama bien construido, es el instrumento más poderoso que existe: capaz de expresar en segundos lo que a la literatura le tomaría páginas.
Y dejó algo más difícil de cuantificar pero quizás más duradero: la idea de que la ópera es un lugar donde se puede llorar sin vergüenza, donde la emoción más intensa es también la más legítima. Esa idea sobrevivió al siglo XIX, sobrevivió a las vanguardias del siglo XX, y sigue siendo el motor que llena los teatros de ópera del mundo en el siglo XXI.
Lo que vendrá a continuación no tiene nada que ver con los teatros llenos ni con las lágrimas del público. Debussy estaba a punto de proponer algo radicalmente diferente: una música que no busca emocionar sino sugerir, que no construye clímax sino atmósferas, que disuelve los contornos en lugar de definirlos. El impresionismo musical es la respuesta francesa a toda la grandiosidad del siglo XIX — alemana, italiana y de cualquier otro origen.
«El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo.» — Giuseppe Verdi, carta a un amigo, fecha desconocida
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