Hay algo casi milagroso en la historia de Mesomedes de Creta: es uno de los poquísimos compositores de la Antigüedad del que conservamos no solo el nombre, no solo los textos, sino la música real. Notas. Melodías. Alturas precisas. Mientras la inmensa mayoría de la música griega antigua se perdió para siempre, tres himnos de Mesomedes llegaron hasta nosotros con su notación intacta. Cuando hoy un músico los interpreta, está tocando algo que sonó por primera vez hace casi dos mil años. Eso no tiene precio.
Mesomedes vivió en el siglo II d.C., durante el reinado del emperador Adriano (117–138 d.C.), uno de los períodos más refinados y cosmopolitas del Imperio Romano. Era cretense de origen, probablemente liberto —un esclavo manumitido— y llegó a convertirse en músico de cámara en la corte imperial. Adriano era un hombre de cultura extraordinaria: arquitecto, poeta, filósofo aficionado, amante apasionado del mundo griego. En su corte florecieron artistas y pensadores de todo el Mediterráneo, y Mesomedes fue uno de los más apreciados.
Sabemos que el emperador le pagaba un sueldo generoso, tanto que su sucesor Antonino Pío lo recortó después de su muerte considerándolo excesivo. Es un detalle menor, pero dice mucho: Mesomedes era tan valorado en vida que su salario se convirtió en un asunto de Estado.
De Mesomedes conservamos varios textos poéticos y, lo que es excepcional, tres himnos con notación musical completa.
El Himno al Sol, el Himno a Némesis y el Himno a la Musa son piezas para voz solista acompañada de cítara o kítharis. Su estilo es refinado, contenido, de una belleza austera que recuerda más a la meditación que al espectáculo. No hay en ellos la energía dramática de Los Persas de Timoteo: son música de cámara, íntima, destinada quizás a la devoción privada tanto como a la performance pública.
La notación que ha llegado hasta nosotros usa el sistema alfabético griego: letras sobre el texto que indican la altura de cada sílaba. Es un sistema diferente al de la notación moderna, pero suficientemente preciso para que los musicólogos hayan podido reconstruir las melodías con razonable seguridad. No sabemos exactamente cómo sonaba el ritmo, ni cómo se ornamentaba la melodía en la práctica, pero tenemos el esqueleto melódico. Y ese esqueleto es hermoso.
Los himnos de Mesomedes se copiaron en manuscritos medievales bizantinos, probablemente porque seguían siendo usados en alguna forma de práctica litúrgica o educativa. La Iglesia Ortodoxa heredó parte del aparato teórico de la música griega antigua, y con él, algunos de sus textos. Los copistas medievales preservaron lo que les parecía útil o hermoso sin saber siempre lo que estaban guardando.
El Himno a Némesis, en particular, circuló ampliamente. Némesis era la diosa de la justicia retributiva, la que equilibra el exceso y la hybris: un concepto moral que resonaba tanto en el mundo pagano como, paradójicamente, en el cristiano. Eso ayudó a su supervivencia.
En 1931, el musicólogo e intérprete Egon Wellesz grabó una interpretación del Himno a Némesis de Mesomedes. Fue, según muchos especialistas, la primera vez en la historia que se grabó una reconstrucción de música de la Antigüedad. Aquella grabación rudimentaria marcó el inicio de una tradición de investigación y performance que hoy florece en conjuntos especializados de todo el mundo.
Hay algo emocionante en esa cadena: Mesomedes compone en el siglo II, copistas medievales preservan su notación sin entenderla del todo, filólogos del siglo XIX la descifran, músicos del siglo XX la tocan, intérpretes del siglo XXI la graban con instrumentos reconstruidos. La música sobrevive porque hay personas en cada generación que deciden que vale la pena conservarla.
La guitarra es, en su genealogía más directa, heredera de los instrumentos de cuerda pulsada del Mediterráneo antiguo. La cítara griega, el laúd árabe, la vihuela española, la guitarra barroca: una cadena ininterrumpida de instrumentos que comparten la misma intuición básica — una caja de resonancia, cuerdas tensadas, dedos que las pulsan.
Mesomedes no escribió para guitarra. Pero sus himnos, cuando se transcriben para instrumento de cuerda pulsada, suenan con una naturalidad sorprendente. La escala usada en el Himno a Némesis, por ejemplo, es perfectamente ejecutable en una guitarra moderna sin ninguna adaptación. No es casualidad: es que el instrumento y la música provienen del mismo universo sonoro.
Hay además una lección más abstracta pero no menos importante. Los himnos de Mesomedes son música modal, construida sobre una escala única que determina todo el carácter de la pieza. No hay cambios de armonía en el sentido moderno. No hay progresiones de acordes. La expresividad viene de la melodía, del ritmo, de la relación entre la voz y el instrumento. Para un guitarrista que quiera entender las raíces de la música modal — el flamenco, el blues, el jazz modal de Miles Davis, la música celta — Mesomedes es un punto de partida revelador.
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